| Artículos | 01 ABR 2005

Nuevos tiempos, nueva mentalidad

Cambio de "chip"
Ninguno de los cambios que se han venido sucediendo en el sector de telecomunicaciones en los últimos meses hubiera sido posible si paralelamente no se hubiera producido una profunda metamorfosis en la mentalidad de los agentes del mercado. Empezando por los reguladores, pasando por los directivos de las operadoras, y acabando por los inversores, todos y cada uno de los protagonistas del mercado han cambiado en cierta manera su chip mental.

Posiblemente, la transformación más radical de las telecomunicaciones ha ocurrido en los cerebros de los reguladores. Los procesos de concentración empresarial, que hace apenas unos años provocaban urticarias en cualquiera de los órganos que velan por la libre competencia en el sector, son contemplados ahora como una medicina necesaria. Aún permanecen vivos los rescoldos de las palabras del presidente de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones (CMT) hace apenas un año, cuando animaba a la fusión entre Auna y Ono. Esas palabras las pronunciaba Carlos Bustelo apenas unos días después de que Francisco Ros, secretario de Estado de Telecomunicaciones con el nuevo Gobierno del PSOE, alabara las ventajas de la concentración y resaltara que el mercado da para lo que da, y que no hay sitio para todos.
Pero este tipo de manifestaciones no son un hecho típicamente español. Ese cambio de mentalidad también se puede comprobar en Estados Unidos. Michael Powell, presidente de la FCC, el equivalente norteamericano a la CMT, lleva desde hace tiempo pregonando las virtudes de la concentración. Sólo así se entiende que gigantes como Verizon se lancen a la adquisición de MCI, o que SBC se prepare para fusionarse con AT&T. De no tener el beneplácito de las autoridades de antemano posiblemente no se hubieran ni siquiera atrevido a plantear semejantes aventuras empresariales.
La transformación mental de los reguladores supone un giro de 180 grados con respecto a los planteamientos de los que hacían gala hace una década, en los albores de los procesos de liberalización de las telecomunicaciones. Por entonces, la idea dominante era la de abrir el mercado a decenas de empresas, cuantas más mejor. Implícitamente, bajo el cambio de pensamiento subyace el reconocimiento de que uno de los pilares del esqueleto sobre el que fue diseñada la liberalización estaba torcido. Más competencia no significa, necesariamente, más operadores. Entre otras cosas porque un reparto demasiado atomizado del mercado puede llevar a una disolución tal de los retornos de la inversión que al final la propia atomización se convierta en la barrera de entrada más importante para la llegada de nuevos operadores y de nuevas inversiones.
Los reguladores lo están entendiendo con toda plenitud. Son conscientes de que deben dejar actuar a las fuerzas del mercado, y no poner trabas al despliegue de redes, se llamen Voz IP, fiber-to-the-home –una de las apuestas recientes de SBC–, o Wi-Fi. Y no poner trabas significa no regular, incluso si los que tienden las redes son los gigantes, y por tanto, susceptibles de copar el mercado.

Ni móviles, ni fijo, sino todo lo contrario
Bajo los movimientos empresariales que se están produciendo en los últimos doce meses también se destila una nueva ola de pensamiento en cuanto a lo que debe ser el negocio básico de las telecomunicaciones. En los últimos años se fue construyendo la idea en el sector de que las telecomunicaciones debían entenderse como negocios estancos; por un lado la telefonía fija, por otro la móvil, el cable, el satélite… No sólo debían ser redes distintas desde el punto de vista de la ingeniería; también debían ser negocios distintos. Hasta tal punto la versión oficial de los hechos era así que se han repetido hasta la saciedad expresiones como la de “la telefonía móvil se come a la fija”. Algunos apuraban hasta la enésima potencia este tipo de argumentaciones, y dentro de la telefonía fija, por ejemplo, separaban con una línea divisoria los servicios de larga distancia de los de las redes y las llamadas locales. No en vano, la liberalización de las telecomunicaciones en Estados Unidos se cimentó sobre esta idea, al segregar AT&T en siete baby bells para los negocios locales, quedándose la compañía de origen con la larga distancia.
El hecho de que SBC se coma a AT&T es la quintaesencia de ese proceso de demolición de ideas. De cómo los planteamientos con los que nació la efervescencia de las telecomunicaciones han quedado, en muchos casos, caducos. Cuando el Gobierno americano decidió desbaratar el monopolio de AT&T, dividiendo la compañía en siete operadoras regionales, y reservando la matriz a la larga distancia y a las otras las redes locales, se concibió la liberalización como dos mundos separados. Una cosa era la larga distancia –habría operadores que competirían por ella– y otra las redes –habría operadores, menos, que también entrarían en este ámbito–. Finalmente, se está demostrando que, conceptualmente, el proceso de liberalización nació incorrecto. Ahora, SBC, una operadora local, termina deglutiendo a la larga distancia, que entonces se concibió como el verdadero negocio de las telecomunicaciones.
Estos planteamientos se están cayendo como un castillo de naipes. Por una razón muy sencilla. Establecer barreras en telecomunicaciones, bien sea por tipo de negocio o por tipo de redes, cada vez parece más ridículo, o cuando menos, muy impreciso. ¿Por qué no va a utilizar Wi-Fi una operadora de telefonía fija si lo considera oportuno? ¿Acaso Wi-Fi es una amenaza para una de móvil si sabe sacar partido a esta nueva fórmula de conexión? ¿Verizon es una operadora de móviles o de fijo, de larga distancia o de redes locales? ¿Y Telefónica? En su día renunció a crear redes de cable. ¿Se puede decir por ello que no compite con Ono por medio de ADSL y su nueva oferta de Imagenio, con todo tipo de canales de televisión mediante el par de cobre? Este tipo de preguntas no tienen respuesta si se abordan con una mentalidad fraccionaria que intente poner etiquetas a las operadoras.
También es evidente que con los nuevos tiempos han llegado nuevos aires al concepto que se tiene de los directivos. En la época de la burbuja se llegó a ver en algunos de los directivos de las empresas de telecomunicaciones a verdaderos iluminados. Eran poco menos que los nuevos ídolos en los que todos se querían reflejar, con toda su parafernalia y boato. Ese modelo de directivo está fuera de lugar. Las empresas, escaldadas de las tropelías que cometieron muchos de ellos, han rescatado la figura del gestor puro y duro, sin oropeles. Quizá ahora se imponga un tipo de persona gris, sin magia, sin encanto, pero con los números y la sensatez en la cabeza. Ya no importan los grandes proyectos. Ahora lo que cuenta son los resultados, y una forma de medirlos es por medio de los dividendos constantes y sonantes que da una compañía. De ahí el esmero que los grandes grupos de telecomunicaciones están poniendo en que el dividendo sea cada vez mayor.

Costes, costes, costes, la gran obsesión
En el sector de las telecomunicaciones también se ha instalado una idea: la obsesión por el ajuste de costes. De hecho, uno de los argumentos que esconden muchos procesos de compra es el convencimiento de que las fusiones conllevan una fuente de posibles sinergias en forma d

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