Mundo profesional | Artículos | 01 MAR 2007

El técnico destronado

Jaime Fernández.
Hace pocas semanas, uno de los máximos responsables de tecnología de Telefónica de España explicó a sus principales subalternos los objetivos que se persiguen en el área tecnológica después de la reciente reunificación de varias empresas propiedad de la multinacional. Telefónica, dijo, es la mayor empresa de telecomunicaciones de España, pero su área técnica debe reducir sus gastos, subcontratar los servicios cuando sea posible y trabajar día a día sin meter apenas ruido. Los antiguos directores y subdirectores de Terra, Terra Mobile o Telefónica Data allí presentes entendieron el mensaje: sus días de vino y rosas habían terminado. Aunque no se dijo tal cual, todos eran conscientes de que, desde hace tiempo, la dirección de la compañía está dando más importancia a lo que hacen y dicen otros grupos y unidades de negocio, en detrimento del área técnica. ¿Es Telefónica un caso aislado? Otras muchas empresas de tecnología han tomado la misma senda, otorgando más relevancia al ámbito comercial, al marketing o a los aspectos puramente financieros que a los chicos de la fábrica. Este cambio de rumbo se ha visto con frecuencia en compañías de tecnología que han triunfado, lo que en este mundillo es sinónimo de no haber desaparecido. Empero, que ésta sea la evolución más habitual no impide que, si no se hace con sumo cuidado, aparezca un grupo de damnificados en el bando de los perdedores.
El teólogo alemán Ulrich Hemel lo llama el “estilo de vida ético” de las empresas. Cuanto más comprometidos están los trabajadores con la empresa, menos reglas explícitas se necesitan. El número y complejidad de las normas internas que rigen una compañía suele aumentar en proporción a su tamaño. En España han surgido numerosas empresas de tecnología que han podido crecer y evolucionar sin apenas reglas de funcionamiento interno porque han contado con la completa colaboración de sus empleados, especialmente los del área técnica. Más que entendimiento había complicidad, basada en un ‘proyecto ilusionante’ para el trabajador. Los técnicos son muy propensos a establecer vínculos con la empresa que van más allá de la pura obligación laboral. A cambio, necesitan recibir un trato especial por parte de la dirección de la compañía. Al principio parece normal que una incipiente empresa de tecnología trate con cariño a sus técnicos, mucho más cuando les pide un esfuerzo muy superior al pactado. Pero a medio y largo plazo este modelo no funciona, y cuando la compañía se estabiliza y gana velocidad de crucero suele corregir este escenario, llevando a los tramoyistas a su lugar natural, esto es, detrás del escenario. Pobres técnicos destronados; pensaron que eran el corazón y la cabeza de sus empresas y descubren que son músculo y huesos. Entonces desaparece esa buena disposición que tan magníficos resultados había dado hasta entonces y, mientras que algunos se van en busca de otro ‘proyecto ilusionante’, la mayoría deposita el bolígrafo en su mesa a la hora en punto. La dirección de la empresa no debe caer en la tentación de imponer férreas normas para enderezar un comportamiento nunca visto hasta entonces, sino explicar, alto y claro, que el “estilo de vida ético” de la compañía, sus objetivos y sus principios se mantienen, adaptados a su natural evolución a lo largo del tiempo. Y luego actuar en consecuencia.

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