| Artículos | 01 MAR 2002

He tenido un sueño

Jordi Palet.
Mi reloj me ha despertado antes de lo previsto: ha nevado y la carretera esta peligrosa. Mi asistente electrónico ya ha puesto en marcha la cafetera y la tostadora. También ha avisado al taxi.
Voy de camino al aeropuerto. Hay un atasco increíble y vamos a tardar cerca de una hora. Por suerte, en el taxi puedo utilizar mi acceso WLAN de hasta 54 Mbps para terminar un importante proyecto que he de hacer llegar al cliente esta misma tarde. Estoy suscrito a un servicio que me permite estar siempre conectado, por cualquiera de los medios que la tecnología ofrece: radio, red eléctrica, infrarrojos, etc. Es muy cómodo y flexible; me garantiza seguridad, privacidad y calidad de servicio como ningún otro proveedor antes lo permitía.
Al fin hemos llegado; no tengo que esperar para el check-in. Como sólo llevo una pequeña maleta, desde el ordenador he confirmado mi reserva, que ha sido automáticamente transmitida a mi reloj, PDA o teléfono móvil: con sólo acercarme al dispensador de tarjetas de embarque, soy autenticado y se genera el certificado de la tarjeta de embarque electrónica. Si no llevara dispositivos electrónicos (lo cual no es muy habitual hoy en día), se hubiera almacenado incluso en cualquiera de mis tarjetas de crédito. Pronto se almacenará en el nuevo carné de identidad digital. Con ella seré identificado automáticamente en la puerta de embarque, e incluso en el propio avión. Por seguridad, el sistema permite saber en que parte del aeropuerto estoy, si me he quedado en tierra, e incluso si me he sentado donde me correspondía.
Sin embargo, automáticamente se me informa de que, como mi equipaje de mano es demasiado grande para un avión tan pequeño, tengo que facturarlo. Nada más fácil. Tiene incorporado un dispositivo con mi certificado personal y se le ha transferido la información de mi vuelo. Así que lo deposito en cualquiera de las cintas que están situadas en varios puntos del aeropuerto. El sistema se encarga de hacerlo llegar al avión, sin errores, y sin posibilidad de que se pierda.
El control de seguridad también es mucho más fácil y rápido, porque de nuevo los diversos dispositivos que llevo conmigo, permiten la verificación del certificado personal.
Con esta automatización del check-in, la espera en el aeropuerto es reducida, pero allí también dispongo de conectividad. En este caso, como necesito cargar la batería del portátil, mi conexión es ahora por la propia red eléctrica. La velocidad es increíble: casi 150 Mbps. Puedo conectarme a la oficina y trabajar como si físicamente estuviera allí. Es una maravilla, desde hace algunos meses, ya no tengo que reconfigurar el ordenador, ni las aplicaciones: es el nuevo servicio de movilidad y aquello pasó a la historia.
Además, con esta velocidad, también puedo descargar la ultima película de Spielberg, que no he podido ver aún; por el ordenador he consultado el programa del vuelo y el drama que proyectan no me apetece nada.
También necesito comprobar que he dejado la casa en condiciones, que he activado la alarma, y revisar que los perros y gatos tienen suficiente agua y comida; para variar, he salido demasiado deprisa, y aún confío más en lo que puedo ver con mis ojos que en toda la maravillosa tecnología que esta a mi alcance. Sin ningún problema, me conecto al sistema de la casa, con un “click” de ratón, y guío las cámaras para revisarlo todo. Como siempre, esta todo bien. No sé si me había dejado alguna luz encendida, pero una vez más mi asistente se ha ocupado por mí. Las perras están jugando y ladran cuando oyen mi voz; ya están acostumbradas y se quedan tranquilas. Está nevando de nuevo, y se ha cerrado la cubierta, porque aunque son perros nórdicos, yo me quedo más tranquilo si están protegidos.
Estoy esperando una llamada importante y seguro que será durante el vuelo. No importa, por defecto se activa el desvío de mi móvil al ordenador de forma que podré atenderla desde el avión. Por suerte, mi kit manos libres funciona tanto con mi teléfono como con el ordenador o el PDA. Cada vez los periféricos son más universales y autoconfigurables, y por tanto llevo muchos menos “trastos”.
En el avión dispongo de nuevo de conectividad; en este caso se trata de un enlace infrarrojo, para evitar las interferencias con los instrumentos de navegación. Pero también dispongo de una conexión Gigabit, por si necesito más ancho de banda.
En la pantalla aparece un timbre: mi llamada. El cliente me da las instrucciones de ultima hora para que el proyecto quede cuadrado. Él no sabe que estoy volando, pero como ha telefoneado a mi oficina, y el sistema ha transferido mi llamada al móvil, al estar apagado, lo ha intentado con el ordenador. El sistema me localiza automáticamente, y decido si la acepto o no. Además, le puedo enviar al cliente, si lo deseo, la información de donde estoy, de forma también automática, o incluso activar la videoconferencia. En esta ocasión prefiero no hacerlo; voy sin traje y se trata de un cliente muy formal. Por eso tampoco he aceptado decirle donde estoy: aún no esta acostumbrado a que el trabajo se le haga desde fuera de la oficina, y se pone nervioso. Como la calidad de la llamada ha sido impresionante, no lo ha notado.
Simultáneamente me ha enviado varios Megabytes de nuevos datos, gráficos y estadísticas. Me lo esta poniendo difícil para entregarle todo terminado esta tarde, pero con este cliente, todo llega siempre a ultima hora. Si no fuera por la versatilidad de las comunicaciones, ¡sería imposible!
Ya hemos aterrizado. Tengo que recuperar el equipaje, y como voy a coger el tren hasta el centro, lo he confirmado a través del ordenador, y el asistente se ha ocupado de hacerlo llegar hasta la cinta transportadora del propio anden. Así no tengo que cargar con el equipaje dentro del aeropuerto. Al llegar a la cinta, en cuestión de segundos, se verifica mi certificado y aparece la maleta.
En la estación y en el propio tren me ha dado tiempo de recuperar más información y ultimar el informe. Además, como al llegar al hotel necesito algunas notas, las mando imprimir desde el tren para tenerlas a mano durante la conferencia de mañana.
La verdad es que podía haber participado en la conferencia remotamente, como suelo hacer últimamente, pero habrá mucha gente a la que quiero saludar personalmente, y además, aprovecharé para esquiar durante el fin de semana. No me gusta el deporte “virtual”.
Todo esto no es un sueño, ya esta empezando a ser realidad con IPv6.
No importa la propia tecnología, sino lo que ella proporciona. E IPv6 nos ofrece libertad, calidad de vida y seguridad.

Jordi Palet Martínez
jordi.palet@consulintel.es
Presidente del Grupo de Trabajo de Educación, Promoción y Relaciones Públicas de IPv6 Forum
Coordinador de Euro6IX
CEO/CTO de Consulintel

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