| Artículos | 01 SEP 2005

El paraíso no tiene redes inalámbricas

Jaime Fernández.
El primer trago de cerveza” es un libro de Philippe Delerm sobre ciertos placeres cotidianos que nos acercan a la felicidad. Su título ya es evocador: en verano, con todo el polvo del camino en la garganta, el primer sorbo de una cerveza helada sabe a pura gloria zanahoria. En uno de los capítulos, verbigracia, el autor describe el placer de leer el periódico por la mañana de principio a fin; pero, en cambio, no incluye ningún pasaje dedicado a las conexiones inalámbricas, tipo Wi-Fi o 3G. Si usted revisa los anuncios de esta revista o de otras publicaciones del sector informático descubrirá que, al parecer, el escritor francés perdió la gran oportunidad de incluir en su libro a las redes sin cables, una tecnología que hace feliz a quien la emplea, ya sea tumbado en una playa de Benidorm, sentado en el banco de un parque o de pie dentro del tren de cercanías. Por ejemplo, un fabricante de auriculares Bluetooth utiliza la fotografía de un señor sonriendo en el metro, con su aparatito alrededor de la oreja, mientras hace una especie de ejercicio de gimnasia colgado de los agarraderos del vagón. Y una compañía de móviles muestra a una persona consultando su correo electrónico mientras toma un sabroso desayuno en una tranquila terraza. Estas imágenes transmiten una idea de bienestar a través de la libertad conseguida al desprenderse de las ataduras de los cables, esas cadenas que amarran a las personas a las mesas de las oficinas o de sus casas. Ahora, dicen, usted es libre de moverse donde quiera y cuando quiera, porque siempre estará conectado, localizado y preparado para responder como ¡en su propio puesto de trabajo!
La idea de mejorar la productividad de los empleados a través del uso de las nuevas redes inalámbricas es muy respetable siempre que no se consiga a expensas de aumentar el número de horas dedicadas a la empresa. Nadie puede negar que se adelanta trabajo cuando se responde a los correos urgentes justo antes de entrar al cine, o cuando se termina un informe a media noche en el hotel HighTech-NoDream. Pero pocas personas se sienten felices y contentas por utilizar una tecnología que les permite seguir laborando más allá de lo recomendable o deseable. Bienvenidas sean las redes inalámbricas, la movilidad y el trabajador siempre conectado en horario laboral -aunque no tenga una permanente sonrisa en la boca-, pero se debe evitar que el mal uso de estas herramientas del siglo veintiuno generen empleados del siglo diecinueve. Quizá sean los trabajadores de las empresas tecnológicas los más expuestos a este riesgo, porque muchos de ellos padecen una ansiedad existencial que les empuja a estar ‘siempre conectados’ y ven con sumo agrado que su empresa les “regale” una PDA con GPRS o una tarjeta 3G para el portátil. Los técnicos y directivos de estas empresas que llevan el correo electrónico en el bolsillo, tienen acceso a la intranet incluso dentro del baño -ahí sí que se aumenta la productividad- y que se llevan el portátil a la playa han empezado a borrar la línea que separa su vida laboral de su vida privada, olvidando que ambas duran lo mismo: dos días. Alguno se ganará el cielo por su dedicación y entrega permanente a su empresa, pero allí San Pedro les dará una mala noticia: fili mi, el paraíso no tiene redes inalámbricas.

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