| Artículos | 01 ABR 2006

El amigo nigeriano

Jaime Fernández.
Más de un millón de españoles se han asomado por primera vez a Internet con la campaña ‘Todos.es’ del Ministerio de Industria. Los camiones del aula móvil han viajado a miles de poblaciones para animar a los ciudadanos a perder el miedo a la Red ¿Quién dijo miedo? Cuenta un responsable de esta campaña que varias personas se acercaron a los camiones creyendo que se podía donar sangre. Así que el valor se les supone a estos nuevos internautas que, como el resto de mortales, son audaces y obscenos, generosos y cerriles, solidarios y envidiosos. Unos pocos serán tan ingenuos y avariciosos que se dejarán engañar por un amigo nigeriano que tiene millones de dólares guardados en un baúl. Se pueden encontrar varios relatos en la Red de personas que le siguieron el juego al timo del nigeriano hasta llegar al borde del precipicio. Luego, si los ‘malos’ utilizan la tecnología para lograr sus fines, hagamos que la tecnología proteja a los ‘buenos’. Dejemos a un lado la delicada cuestión de quién está en un grupo y quién en otro. El problema es que, con inusitada frecuencia, se pide a la tecnología y a los técnicos que protejan completamente a los empleados de su empresa o a los usuarios de sus redes de la creciente picaresca que ronda por Internet. Se pide, por tanto, que alguien o algo analice y filtre todas las conexiones en busca de información ilegal, inmoral o que engorde. Unas prácticas tan extendidas que el Parlamento Europeo ha dado su opinión al respecto.
Goethe prefería la injusticia al desorden. Algunos ISP y ESP han llevado esa idea hasta límites absurdos, como advierte el grupo de trabajo sobre protección de datos de la UE. Como ejemplo citan a Yahoo, que se reserva el derecho a analizar, rechazar y eliminar cualquier contenido que consideren oportuno. Tal cual. La privacidad de las comunicaciones es un derecho fundamental en España y en Europa, y la línea que separa los mecanismos de protección lícitos de aquellos que vulneran ese derecho es muy delgada. Piense, por ejemplo, en el correo basura. Está ahogando a la Red. Los métodos más eficaces para combatir esta lacra son caros y detectan, más o menos, nueve de cada diez mensajes no deseados. Pero pueden tener una eficacia del 100% a cambio de un poco de injusticia: los falsos positivos. Cualquiera puede acabar con el desorden que le genera el spam a costa de tirar a la basura, cada día, algunos correos mal clasificados. Si ese cualquiera es una empresa que gestiona el correo para un tercero habrá traspasado la línea de la legalidad, como señala el grupo de trabajo de la UE. Otras iniciativas que se toman la justicia por su mano (sobre phising vea, por ejemplo, phishfighting.com) siguen el pensamiento de Goethe pero, triste destino de las malas ideas, fallan en su objetivo. No se reduce, y mucho menos se acaba con los fraudes en Internet a través de otros engaños o de mecanismos que vulneran o coartan los derechos de los ciudadanos. Por supuesto que hay que luchar contra el delito en la Red, pero exactamente igual que fuera de ella, esto es, respetando el Estado de Derecho y sus leyes. Hay que desconfiar de quienes defienden la seguridad total, el filtrado completo y la protección sin fisuras de los inocentes internautas, de sus equipos y de la información que reciben. El desorden propio de la libertad acompaña a la Justicia que, junto al sentido común, nos defienden de los regalos del amigo nigeriano.
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