Actualidad | Noticias | 07 FEB 2006

(Opinión) ¿Móviles virtuales o virtuosos?

Comunicaciones World

Reinaldo Rodríguez, en su primera rueda de prensa en la nueva sede de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones (CMT), hacía una encendida defensa de los operadores móviles virtuales (OMV). De paso, el nuevo presidente de la CMT informaba de que este organismo había trasladado a Bruselas una propuesta regulatoria para facilitar la implantación de los OMV en España. Y es que Reinaldo Rodríguez siempre ha sido un defensor de los OMV, incluso cuando era consejero de la CMT. Es de alabar, por tanto, que desde su nuevo cargo como presidente del regulador telefónico se mantenga fiel a sus ideas.
Dicho esto, habría que empezar a matizar. El tema de los OMV no es novedoso, ni es propiedad exclusiva del presidente de la CMT. Lleva sobre la mesa desde hace más de un lustro. Todos los ministros que han pasado por el sector, desde Anna Birulés, han hecho sus pinitos y han defendido la existencia de esta figura empresarial, en un alarde político a favor de la competencia, la reducción de precios y, por tanto, en beneficio de los usuarios. No han faltado iniciativas regulatorias para abordar un tema que la demagogia ha dejado reducido al simplismo (se dice que los OMV, por el mero hecho de existir, abaratarán los precios finales), pero que es enormemente complejo. El año pasado fue el ministro José Montilla el que los mencionaba dos de cada tres veces que hablaba.

Afortunadamente, a medida que pasa el tiempo, son más los elementos de juicio que se tienen para calibrar hasta qué punto es verdad que estos operadores virtuales son o no la panacea para liberalizar el mercado de los teléfonos celulares y reducir las tarifas. Los OMV siempre se han “vendido” como el bálsamo de Fierabrás que hará del sector el paraíso de la competencia, y es normal que cada regulador o cada político intente asirse a su bandera para salir bien en la foto. Sin embargo, un análisis sereno, riguroso, exhaustivo y sin tergiversaciones interesadas, que las ha habido, lleva a la conclusión de que el mundo de los OMV está lleno de ventajas, pero también de trampas. Hay países donde la experiencia ha sido nefasta y otros donde ha salido bien. Por ello, Gaptel, con criterio, propone que su regulación sea la mínima. De hecho, propone que no se intervenga en un mercado que debería funcionar por sí sólo si es que tiene algo que aportar.

El anterior presidente de la CMT, Carlos Bustelo, dijo en alguna ocasión que el regulador debería caminar hacia su propio harakiri, en el sentido de que su función es precisamente hacer que el mercado funcione por sí solo y que cada vez requiera menos de su intervención. Al coger el baluarte de los OMV, y proponer una intervención directa, la CMT de Reinaldo Rodríguez camina justo en la dirección contraria. Y además, lo hace tratando de convencerse y convencer a todo el sector de que los OMV son buenos por sí mismos.

España ha estado más de una década sin OMV. Podría perfectamente estar otros pocos años más sin ellos. La lógica del mercado dice que terminarán llegando por la inercia económica, sin necesidad de que la CMT, ni Montilla, ni ningún político, los introduzca con calzador y a la fuerza. Los OMV vendrán más por la vía de la creación de nuevos servicios y mayor valor añadido que por la simple reducción de precios. Las redes virtuales son, de hecho, un fenómeno que no es exclusivo de los móviles. Han llegado a otros sectores sin imposiciones. Por ejemplo, hace años era impensable que un banco vendiera tarjetas de crédito sin su marca, en colaboración con otras empresas. Hoy está al orden del día encontrar tarjetas de un banco con una marca distinta a esa entidad. Por ejemplo, una tarjeta de Banesto lleva la marca del Real Madrid. Ambos se benefician. Banesto porque pone la red (la tarjeta y toda la plataforma que la soporta) y el Real Madrid porque pone su gancho comercial y de marca.

Este tipo de relaciones comerciales llegará en algún momento al mundo de los móviles como un parto natural. El mercado de las telecomunicaciones ha demostrado que sus calendarios no siempre han coincido con los de la Administración ni con los de su virtuosismo económico.

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