Actualidad | Noticias | 04 JUL 2002

El callejón del Gato

Es posible que, como aseguran algunos vaticinios de marca, durante los próximos años el denigrante paisaje de las telecomunicaciones europeas resurja de sus ineficacias actuales.
Comunicaciones World

Parece que la desaparición de muchos grandes y más pequeños no provocará una subida de precios por parte de los operadores supervivientes porque hay capacidad suficiente como para contrarrestar las malas tentaciones de los dominantes; también parece que el repunte de la demanda corporativa de más ancho de banda y nuevos servicios hacia 2004 volverá a alimentar el interés del capital y los inversores en forma de nuevos jugadores, que se verán potenciados frente a los lentos dominantes por el más por menos que será la exigencia de los usuarios. Será o no será, que de visionarios vamos hartos.

Lo que en estos momentos parece claro, ante los cadáveres de gigantes casi no natos como Concert y Global One, las suspensiones de pagos de compañías como Global Crossing y Viatel (¿será la de WorldCom la siguiente como única salida a sus recientes escándalos contables?) y la rocambolesca quiebra de KPNQwest, como ejemplos destacados, es que algunos modelos de operador puestos en marcha en los noventa han fracasado estrepitosamente. Como el basado en la creación de grandes redes continentales e incluso intercontinentales para vender fundamentalmente capacidad, a los propios operadores en un primer momento, y más tarde, cuando ya se iba viendo el fracaso, también a las grandes empresas multinacionales. Un modelo que, combinado con el excesivo protagonismo que la bolsa ha jugado en el falso boom de las telecomunicaciones, con todo lo que conlleva de ruinosas operaciones de compra debidamente maquilladas, movimientos de autocartera (y despidos masivos cuando pintan bastos) con el único fin de ganarse la sonrisa de los frenéticos muchachos de Wall Street, empezó por hacer saltar al agua a las ratas del barco y está acabando por alarmar a los pasajeros y a la propia tripulación.

El culebrón de KPNQwest está siendo un claro ejemplo de que, si puede pasar lo peor, no es que pase necesariamente, pero casi. En esta tormenta perfecta no está faltando ningún ingrediente: desastre económico, riesgo para los clientes (muchos de ellos proveedores de servicio y operadores), confusión generalizada, amenaza sobre el servicio de Internet de todo un continente y, como guinda business fashion, también ahora sospechas de fraude contable.

Todas las cifras y datos concretos de la quiebra de KPNQwest están suficientemente explicados, al menos los oficiales; no tanto algunos flecos en los que pocos han querido insistir. Como el comportamiento ejemplar de buena parte de su personal, que pese a estar ya muchos despedidos, han seguido trabajando sin cobrar para que la red paneuropea del operador siguiera activa. En chusco se podría decir que cuando los emprendedores se rajan, los “curritos” dan la cara.

Otro: resulta incomprensible el comportamiento de algunos medios, que relegaron el problema a un tercer o cuarto plano, quizá porque, si Telefónica no anda por medio, no les merece la pena hablar de problemas en la Red. Porque haberlos los hubo, y no han sido mayores de milagro.

No sólo el modelo de negocio ha fallado con la quiebra de KPNQwest. La feria de las vanidades acabó convirtiéndose en el callejón del Gato.

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